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El apocalipsis de Medio Oriente en 2016 | Blog de Marcos Peckel
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Sabado, 16 de Diciembre de 2017      

El apocalipsis de Medio Oriente en 2016

19/12/2016. Publicado en Razón Pública The Atlantic
El Medio Oriente que hereda Trump

Aunque literalmente el Medio Oriente no es una región que le “pertenece” a Estados Unidos, lo que este país ha hecho y dejado de hacer en el último medio siglo ha influido de manera tan determinante en la región que uno de los principales desafíos en política exterior que enfrenta el inquilino de la Casa Blanca es qué hacer en Medio Oriente.

2003 es el año que marca quizás el pecado original del actual caos regional. La invasión de Estados Unidos a Irak, el subsiguiente derrocamiento de Sadam Hussein y la destrucción del Estado iraquí, cimentado sobre el partido Baath de Hussein, creó un vacío de poder que desató los demonios que hoy azotan la región. Kurdos, sunitas y chiitas, que habían vivido bajo el yugo de Hussein, se lanzaron entonces a una guerra sin cuartel de todos contra todos.

Años después, en 2011, sorprendiendo a propios y extraños estalló la Primavera Árabe. Masas de desafectos ciudadanos se lanzaron a las calles en la mayoría de los países árabes a exigir un cambio tras décadas de desgobierno, regímenes autocráticos y corruptos que coartaron las libertades individuales, despojaron a la población de oportunidades económicas y de esperanza para el futuro. Con la sola excepción de Túnez, la Primavera Árabe desembocó en un baño de sangre y lágrimas que aún no termina.

Para el presidente Barack Obama el Medio Oriente fue quizá la mayor frustración de su política exterior y al final de su presidencia no podía ocultar su aversión por la región tras el optimista comienzo que pregonó en su discurso en El Cairo en 2009, en el que pintaba un Medio Oriente próspero y en paz. Los hechos, tozudos siempre, desbordaron sus anhelos y su capacidad de acción.

Comenzó a hacer carrera en la región la idea de que Estados Unidos no es un aliado confiable.

Uno de los primeros desafíos apareció con la Primavera en Egipto, cuando Obama decidió apoyar las reivindicaciones de los manifestantes y darle la espalda al presidente Hosni Mubarak, quien completaba 30 años en el poder y había sido un aliado incondicional de Washington. Obama no derrocó a Mubarak pero su apoyo a las protestas, además de causar un serio impase con Arabia Saudita y los países del Golfo, fue determinante para los hechos posteriores: la caída de Mubarak, las elecciones ganadas por los hermanos musulmanes en cabeza de Mohamed Morsi y el posterior derrocamiento de Morsi (primer mandatario elegido democráticamente en Egipto desde su independencia) por los mismos militares en cabeza de Abdul Fatah al Sisi.

Tras el titubeo y recorte en la ayuda americana al gobierno militar comenzó a hacer carrera en la región la idea de que Estados Unidos no es un aliado confiable. Actualmente, la represión en Egipto es brutal, la oposición es aplastada y Al Sisi ha abierto espacios diplomáticos con Rusia, un país que no exige nada en materia de derechos humanos.

Posteriormente sobrevino el fracaso de la gestión de John Kerry en la búsqueda de un acuerdo de paz entre Israel y Palestina, un pantano recurrente para las últimas administraciones norteamericanas. Obama no pudo hacer que Israel modifique su política de asentamientos en Cisjordania y no pudo convencer al presidente palestino Mahmud Abbas de negociar con seriedad, reconocer a Israel como Estado judío y aceptar un acuerdo de paz que signifique el fin del conflicto con Israel.

Que la franja de Gaza esté controlada por Hamas, una organización islamista considerada terrorista por varios países del mundo y que no reconoce a Israel, hace prácticamente imposible lograr un acercamiento por ahora. Donald Trump anunció que él sí logrará la paz, que posiblemente su yerno judío será el encargado de buscarla y que sus habilidades de negociador le permitirán llegar donde sus antecesores nunca pudieron. Amanecerá y quizá tampoco veremos.

Muerte en Siria

Nada ejemplifica mejor el apocalipsis del Medio Oriente que Siria, un territorio donde se libran varias guerras a la vez. El país es hoy agujero negro del sistema internacional en el cual fueron succionados principios, valores y supuestos estandartes de la comunidad internacional.

Desde el momento en que la “línea roja” establecida por Obama respecto al uso de armas químicas fue violada por el régimen de Bashar Al Assad sin que esto suscitara reacción alguna de la Casa Blanca, quedó claro que la estrategia de Obama era no intervenir en el conflicto en Siria. La historia juzgará si fue la decisión correcta, pero para los más de medio millón de muertos, 5 millones de refugiados en países vecinos y 12 millones de desplazados internos la inacción de Washington lo convierte en cómplice del genocidio.

Vladimir Putin aprovechó esta indiferencia para intervenir desde octubre de 2015 con todo en Siria y salvar a su protegido Al Assad, haciendo uso de la estrategia de tierra arrasada que tan “buenos” frutos le dio en Chechenia.

Alepo, orgullosa ciudad, capital industrial y comercial de Siria, otrora crisol de convivencia entre musulmanes, judíos y cristianos, yace hoy en ruinas tras semanas de bombardeos indiscriminados de la aviación rusa que acabaron con todo: hospitales, albergues, mezquitas, viviendas, colegios y vidas humanas, miles de vidas humanas: niños en sus jardines, mujeres, ancianos y refugiados huyendo. Alepo es el símbolo del colapso de la comunidad internacional, sus instituciones y sus principios.

La política de Obama frente a Siria se redujo finalmente a combatir al Estado Islámico en los territorios bajo su control, empalmando esta batalla con sus acciones en Irak, país en el que la guerra contra ISIS ha creado una colosal crisis humanitaria de desplazamiento y ciudades destruidas sin que haya claridad de cuál será el destino de los territorios que una vez ocupara ISIS.

Lo visto hasta ahora da poco lugar para el optimismo. El ejército iraquí, junto con las milicias chiitas proiraníes, se han dedicado a cobrar venganza sobre los sunitas tal como ocurrió en Ramadi y Tikrit y ocurrirá en Mosul, segunda ciudad del país que cayó en poder de ISIS en 2014, y que actualmente es escenario de la llamada “batalla final”.

En Siria el interrogante es quién ocupará los extensos territorios que actualmente están bajo control de ISIS. Estos no pueden volver a Al Assad. Algunos quedarán en manos de los kurdos, enemigos históricos de los árabes y otros bajo distintas milicias. Este es un panorama sombrío para dos Estados: Siria e Irak, creados hace 100 años en la repartija colonial de los acuerdos Sykes-Picot. La posible alianza entre Putin y Trump para acabar con el Estado Islámico en estos dos países simplemente creará nuevos problemas sin solucionar ninguno.

Un polvorín

A este oscuro panorama se agrega Yemen, el más pobre de los países árabes, víctima de una guerra entre los rebeldes Houties pro-iraníes que ocupan medio país, incluida la capital Sana, a la que llegaron en 2014, y Arabia Saudita, que completa 18 meses de bombardeos indiscriminados para evitar que su patio trasero se convierta en un bastión iraní. Decenas de miles de civiles han muerto, el país está en ruinas, partes del sur están ocupadas por Al Qaeda y no hay salida a la vista.

Alepo es el símbolo del colapso de la comunidad internacional, sus instituciones y sus principios.
En Libia, país en el que el longevo dictador Muhamar Gadaffi fue derrocado por la OTAN y posteriormente asesinado y lanzado a una cañería, el Estado colapsó y actualmente no es más que una “Somalia en el Mediterráneo”, un territorio controlado por variopintas milicias, sin gobierno central y punto de “exportación” de refugiados que van a morir en las aguas del mediterráneo o a padecer en campos de refugiados en el sur de Europa.

Uno de los logros defendidos por la administración Obama es el acuerdo del P5+1 con Irán sobre su programa nuclear, tras años de negociaciones y sanciones a los Ayatolas por persistente incumplimiento en sus compromisos con el Tratado de no Proliferación. Este es un acuerdo muy favorable a Irán, país que gana todo: le fueron levantadas las sanciones y Europa se vuelca a hacer negocios con Teherán.

Pero los países que se sienten amenazados, Arabia Saudita, Israel y los países del Golfo que no participaron de la negociación, consideran que Estados Unidos “los vendió barato”, que Irán eventualmente tendrá su bomba y no se van a quedar de brazos cruzados. Trump ya anunció que rescindirá el acuerdo pero está por verse si realmente lo hace y, de ser así, qué efectos tendría esto en los otros cinco países firmantes.

Hoy, tras 5 años de lo que en su momento generó inmensas expectativas en la gente y el mundo, el Medio Oriente vive un escenario apocalíptico que difícilmente alguien pudo haber previsto:

El ascenso de Irán a potencia regional impulsando las guerras de proxis por doquier,
La guerra fratricida entre sunitas y chiitas promovida por el conflicto regional entre Irán y Arabia Saudita, El colapso de cuatro Estados: Irak, Siria, Yemen y Libia, La aparición del Estado Islámico y otras organizaciones islamistas radicales, El drama de los millones de refugiados, La herencia histórica pulverizada y la hecatombe que se ensaña con los atribulados habitantes de la antigua Mesopotamia, cuna de la civilización hoy convertida en un gigantesco cementerio.

Más allá de estos trágicos escenarios, en este atribulado vecindario subsisten también:

Oasis de desarrollo y prosperidad: Israel y los Emiratos;

Países con fuertes turbulencias internas: Turquía y Arabia Saudita;

Monarquías estables en países con deplorable índice de desarrollo humano: Jordania y Marruecos;

Dictaduras de viejo cuño: Argelia y Egipto;

Un pueblo alejado cada vez mas de su aspiración nacional: el palestino;

Y otro cada vez más cerca de su objetivo: el kurdo,

También existe un Dios común a todos ellos, pero que parece haberle dado la espalda a la región que lo vio nacer.

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